CUENTA DON ATILIO HUGO GIMENEZ...

Don Atilio Hugo Giménez me recibe en su domicilio, esquina de las avenidas San Martín e Independencia. Su esposa ha fallecido hace pocos años, y él acusa los rigores de esa gran pérdida. Mientras, se siente atendido y mimado por sus hijos Raúl y Mirta y sus respectivas familias. Ciertas dolencias en sus piernas le impiden caminar libremente, y lo hace ayudado por un artefacto de apoyo, dotado de ruedas y otros elementos para hacerlo más utilitario. Demuestra alegría con la visita pues tiene clara predisposición al diálogo, aunque advierte:
- “Mi voz actual no es la de siempre, usted lo notará. Tengo problemas de dicción y debo poner especial atención para pronunciar las palabras. Ocurre que algún cablecito de los que bajan del cerebro a la garganta ha de estar medio flojo, como les ha ocurrido a esos otros cablecitos que manejan el movimiento de las piernas. Son cosas de la edad, amigo. Ya cuento 88 y estoy muy cerca de cumplir los 89 años, que será en febrero... si es que llego”.
- Habrá de llegar, sin ninguna duda, don Atilio, y cuando cumpla los 90 celebraremos entre sus familiares y amigos ese cumpleaños redondo, como se dice ahora – le respondo, sinceramente admirado. Deshilvana sus recuerdos con total claridad, porque pronuncia las palabras con esmero y pausadamente:
- “Cuando descubrí el movimiento que se había iniciado en nuestro pueblo en cuanto a los vuelos con aparatos sin motor, me di cuenta que se abría una vida nueva para mí. Yo andaba por mis primeros 15 años cuando me acerqué por primera vez a la carpintería de don José Dekker, donde después de las horas habituales de trabajo sus hijos Dany, Juan y Epi seguían entre maderas y herramientas construyendo un ‘Primario’ y reparando otro. Sobre todo Dany, quien andaba por los 28 años de edad, contagiaba con su entusiasmo y sus sueños por el vuelo sin motor. Cuando se dio cuenta de mi interés por lo que estaban haciendo, me dijo sonriente pero sin concesiones: ‘Aquí hay que limpiar, ordenar y ayudar en lo que se pueda, muchacho’ – y yo lo hacía con todo entusiasmo, admirando a esos hombres tan altos, fornidos y resueltos. Limpiaba, ordenaba, lijaba maderitas, lo que me ordenasen, y escuchaba atentamente cuanto conversaban”.
- “Recuerdo que don Fernando Carricart permitió que se practicaran los primeros remolques e intentos de vuelo en su campo, muy cerca de aquí – prosigue don Atilio Hugo -. Había un galponcito en el que solamente cabían dos planeadores Primario. No solamente había que limpiar, despejar de yuyos los alrededores, sino también combatir ratas y comadrejas. Un paso muy importante fue la llegada del planeador Grunau Baby, remolcado por un avión biplaza. Venían piloto y co-piloto y el conductor del Grunau. Eran como las diez de la mañana del domingo prefijado, cuando alguien gritó ¡Ahí vienen! - y no podíamos más de la emoción. Dieron dos vueltas sobre nosotros y de pronto el planeador rojo se desprendió, siguió girando solo y nuestra admiración se expresaba de mil maneras ¡Más aún cuando el piloto hizo un looping, después una media vuelta, un viraje perfecto y aterrizó ahí nomás, a pocos metros de donde nos encontrábamos!”.
“En nuestro entusiasmo y apuro, mientras practicábamos y aprendíamos los secretos del volovelismo, ya veíamos al Primario como etapa superada – sigue explicando don Atilio, mientras su sonrisa bonachona ilumina esos recuerdos - ¡El Grunau podía permanecer mucho más tiempo en el aire, y entre los primeros pilotos del club competíamos cordialmente buscando cada vez una permanencia mayor, lo que dependía de las condiciones atmosféricas coincidiendo con cada fin de semana, y no siempre eran favorables. Recuerdo dos casos que en aquel tiempo hicieron historia. Primero fue el vuelo de Pinche Dori hasta Chasicó en el verano entre 1943 y 1944 superando los 230 kilómetros, y fue el vuelo más largo hasta ese momento. Después me pasó casi al medio día de un domingo de enero de 1947, cuando un compañero y amigo me cedió el turno diciendo: Volá un rato y después voy yo - Me acomodé en el Grunau, me remolcaron, empecé a volar en círculos cada vez más amplios buscando térmicas... ¡y bajé siete horas y diez minutos después! Fue algo increíble, otro avance importante en nuestro club, y estuve a solamente una hora del récord nacional de permanencia en el aire”.
- Así es que el arte de volar ocupó una parte muy importante de su vida – reflexiono con don Atilio Giménez, cuyo nombre y trayectoria están incluidos en ‘Historia viva del Otto Ballod’ de mi autoría (1997). Antes del abrazo de despedida, cerró el diálogo de esta manera:
- “Juntamente con mi familia y mi trabajo el vuelo sin motor le dio motivación especial a mi vida. No recuerdo haber cumplido un curso de pilotaje formal y concreto, porque fui aprendiendo desde mi indeclinable curiosidad y las prácticas junto a ese gigante por dentro y por fuera que fue don Dany Dekker. Son muchos los que han trabajado por la evolución del club Otto Ballod, que es legítimo motivo de orgullo de nuestra localidad, pero sus comienzos, orientación y persistencia se deben a Dany. Alguna vez empecé un curso de pilotaje de avión, pero el ronquido del motor me pareció algo así como una música aburrida. En cambio pilotear un remolcador reclama atención, búsqueda, deseos de vivir y de distancias. Ahora que por razones de salud solamente puedo circular con este andador por las habitaciones de mi casa, confirmo todo lo que puedo decir del vuelo sin motor como escuela y creatividad”.